Se repite la historia

Lunes, 6 de agosto, recibí una llamada telefónica del productor de Tarjeta Roja TV, Luis Pérez. Me pidió que me sentara y me dio la noticia: tendría carnet de prensa para cubrir el “histórico evento” de La Roja en Puerto Rico; un evento similar a Robbie en San Juan o a La Secta en el Choli. Y claro, ante las promesas millonarias de un mayor desarrollo del fútbol en nuestra Isla tras el evento, como sea que las tuviesen visualizadas, la oportunidad de mostrarnos ante el mundo como futbolistas en desarrollo profesional y el hecho de ser éste el “evento” del momento, ¿quién no se emocionaría con dicha invitación?

Pero el aire que rodeaba el “amistoso” se percibía nebuloso e incierto. Había quienes meses antes aseguraban que el juego no se daría; otros, que sería un completo fracaso; unos más, indignados por las grandes sumas de dinero que prácticamente se regalarían a gentes que jamás nos han aportado más que algunos capítulos polvorientos en los libros de Historia, veían con malos ojos que se idolatraran a estos tales “dioses” del fútbol… Dioses… Suena algo conocido.

Martes, 14 de agosto, fui hospitalizada. Que día tan detestable, cuando luego de estar enferma por dos semanas y media, pensando que ya lo peor había pasado, un medicamento me condujo directo a la sala de admisiones del hospital con una reacción alérgica severa. Incrédula y triste, supe que no formaría parte de la historia que se escribiría al día siguiente. Y así mismo fue.

El 15 de agosto jugó Puerto Rico contra España, o mejor digamos, España tocó su sinfonía mientras cientos de puertorriqueños confundidos con su identidad y, posiblemente, hasta su nacionalidad, bailaban y celebraban al son de los acordes rojos provenientes de “la madre patria”.

Mientras medio Puerto Rico se vestía de rojo (¿de rojo? Oh, sí, lo escribí bien), con nombres como Torres, Villa, Alonso y Casillas a sus espaldas, yo permanecía sentada sobre la cama del hospital, ahora repleta de frisas cálidas, esperando para poder ver por el Canal 6 (PRTV) el partido que se jugaría en pocos minutos aquí mismo en Puerto Rico, relativamente cerca de dónde me encontraba, pero que transmitirían horas más tarde por nuestros medios. A estas alturas, aún no comprendo cuál fue en sí el problema de emitirlo en vivo, ¿pero ya qué más da?

Por alguna razón insólita, me parecía que la historia se repetía. Hasta acá habían llegado los españoles, recibidos por nuestros caciques con nuestros mejores frutos a “evangelizar” a los “pobres indios” puertorriqueños en la religión del fútbol, mientras se llevaban nuestro oro, enamoraban a nuestras indias y nos pintaban frente al mundo entero como los “pobres salvajes” que carecían de cultura alguna.

Pero, ¿de quién es realmente la culpa? ¿De los dos o tres españoles, lamentablemente ignorantes, que no tenían ni la menor idea de la existencia de una Isla conocida como Boriquén o de los taínos que en vez de defender su tierra y su orgullo a toda costa, apoyaron con el corazón en la palma de sus manos la camisa roja que nada tenía que ver con nuestro Huracán Azul?

Comenzando por mencionar que el camerino de “local” le fue cedido por Puerto Rico a estos “dioses” del fútbol, procedentes de otras tierras; que las camisas azules, distintivas de nuestra Selección no estuvieron disponibles para la venta sino hasta unos pocos días antes, mientras que las camisas del contrario (sí, fueron nuestros contrarios como cualquier otro dentro del campo) estuvieron a la venta semanas antes del evento en una tiendita del centro comercial más grande del Caribe, Plaza Las Américas, dedicada exclusivamente a todos aquellos souvenirs relacionados a La Roja; que los nuestros jamás se dieron a conocer debidamente antes del partido y aún muchos nombres permanecen casi en el anonimato; que el apoyo y la promoción por toda la Isla era dirigida fuertemente a España, salvo por uno que otro medio independiente, algún patriota indignado o varios intentos mediocres para decir que se hizo algo; que se sacaron millones de diversas entidades para alegrarles el día a los españoles que andan con una economía casi quebrada; y, colmando la copa, que los taínos no estaban pintados de azul, sino de rojo; ¿verdaderamente es culpa de los extranjeros que no saben ni les interesa saber nada de Puerto Rico o de nosotros mismos que no nos dimos el lugar que merecíamos, siendo quienes los acogimos a ellos bajo nuestros humildes bohíos?

Al culminar del partido, que hasta el momento aún no había logrado ver por la T.V, comenzaron a florecer las críticas por las redes sociales y los medios hacia el amistoso; primero desde España, quienes ya habían cobrado dos millones de euros a nuestra costa, y luego desde Puerto Rico como respuesta a las críticas de España, porque ahora estábamos indignados que luego de servirles la Isla en bandeja de plata, estaban barriendo el piso con nuestra bandera por considerar que no éramos nada ni nadie… Ay, boricua.

Finalmente, a las 8 de la noche, vi el partido y admito que estoy sumamente orgullosa de nuestros jugadores, más aún cuando, no solo jugaron contra una recién florecida potencia del fútbol (porque España no siempre contó con la estima con la que cuenta hoy en día dentro del terreno de juego), sino porque también tuvieron que competir contra su propio pueblo que vestía de rojo, gritaba “¡rojo!” y se sobresaltaba hasta por las moscas de color rojo.

La cosa no está fácil cuando hasta tu propia sangre decide darte la espalda y apoyar al invasor, pero éstos chicos se lucieron y lo hicieron bien. Demostraron al mundo que estamos trabajando, que estamos mejorando, que poco a poco seguimos luchando y que hay hambre por aprender y desarrollarnos hasta lograr buenísimos resultados; que sí tenemos corazón por este deporte y que, si nos lo proponemos, algún día podremos llegar a ser de los grandes.

Los nuestros lograron mantenernos dentro del partido y evitar un resultado más elevado. Además, probaron que unidos son capaces de parar hasta a los dioses más imparables y herirlos profundamente, porque haya sido cierto o no que el gol de Marc Cintrón en el segundo tiempo fue “regalo” de los “dioses”, no habrá nadie en este planeta que pueda convencerme de que a los “dioses” nuestro gol no les supo a ningún manjar bajado de los cielos.

Ya comienza a desbaratarse el imperio español lentamente; lo vimos claramente en las Olimpiadas, cuando sus costuras se deshicieron al quedar eliminados por otros tristes indios latinoamericanos, los de Honduras, y ahora se presenció en nuestra propia Isla. El término “ética deportiva” lo tiraron por la borda. No solo se notó dentro del campo la actitud antideportiva de varios de éstos reconocidos jugadores españoles, sino que dejaron mucho qué decir sobre su nación entera, pues les guste o no, en nuestro pedacito de tierra fueron ellos quienes tuvieron la responsabilidad de portar su bandera y el nombre de su país. Vaya, y no muy bien que lo hicieron algunos.

Me apena muchísimo la postura adoptada por algunos jugadores y la prensa española, más aún cuando su país no sonaba años antes en cuestiones de este deporte. Aprendan, compatriotas seres humanos, que dándonos la mano unos a los otros, podemos lograr más que buscando pisarnos por aspectos insignificantes como el clima o las medidas de un campo. Dioses del fútbol, en vez de envenenar, aprendan a regar las semillas de este deporte con aguas que las ayuden a crecer grandes y fuertes. Solo así lograrán ganarse el corazón permanentemente de todos aquellos míseros paisanos que esperan que conformen su reino de adulación y admiración.

Sin embargo, sobre cualquier otra cosa, me apenan mucho más nuestros relegados taínos que se dejaron desplazar tan descaradamente y, para colmo, alabaron a quienes lo hicieron con tanto fervor y emoción. Y, que conste, la cuestión no es ser o dejar de ser fanáticos, admiradores o espectadores de nadie, sino saber darnos nuestro lugar, exigir lo que nos merecemos y apoyar a los nuestros sobre cualquier otro porque a final de cuentas, el sudor que vale es el que aquel con la bandera de Puerto Rico sobre su pecho derramó por hacernos lucir bien. Tenemos la malacostumbre de complacer hasta más no poder al de afuera, mientras que acá adentro se nos derrumban los cimientos en nuestras narices. ¿Que barrieron, mapearon y hasta desempolvaron las calles españolas con nuestro nombre? ¡Pues claro! ¡Si fuimos nosotros quienes les llenamos el cubo con el detergente y el agua para que lo hicieran!

La actitud de esos dos o tres españoles, es inaceptable, pero la nuestra hacia nosotros mismos es menos que inaceptable. No seamos necios, no seamos tontos, porque mientras aquí les besábamos las calvas y les llenábamos las sudaderas con nuestro dinero, allá se burlaban de nosotros porque nos cogieron de bobos y nosotros, sin vergüenza, los dejamos.

Espero, con todo mi corazón, que la próxima vez que algún “dios” venga a visitar nuestros bohíos, seamos respetuosos, pero no vendidos; que por más grandes que sean, nos demos a respetar, les demostremos que siguen siendo de carne y huesos como nosotros y que si hay que ahogar a uno que otro en el río para probarlo, lo hagamos. Que se den cuenta que han aterrizado en nuestro hogar y que nuestras reglas y nuestras costumbres, nuestra cultura y nuestro sentir es el que cuenta sobre cualquier otro. ¡Nuestra camisa era la azul, no la roja, dense cuenta!

Esa noche del partido, mi novio entró por la puerta del cuarto del hospital portando una mirada lánguida y fría. Con un solo movimiento, se acercó y me entregó la mitad restante de una taquilla de entrada cortesía que me habían obsequiado por ser jugadora de la Selección U20. En su boca se dibujó una mueca de disgusto y masculló: “Ten. Recuerdo de una noche decepcionante. Nunca más seré fanático de España, tampoco de Real Madrid”. Y con esto, se sentó a mi lado a ver el partido que ahora transmitían por la televisión, mientras me contaba cómo un “gringo” le había cuestionado atónito por qué los puertorriqueños presumían camisas de España, en vez de las de su propio país.

Pensé para mí, aún debe quedar un puñado de puertorriqueños en este mico de tierra deslumbrado por modas y apariencias, con orgullo propio… A ver: uno sentado a mi lado, mi familia que escuchaba incrédula, podría añadir al “gringo” (sabes, para seguir sumando gente), me incluiría a mí misma y a los tres gatos más que aparecían en la pantalla con la camisa azul del Huracán. Sí, aún quedan dos o tres con dignidad. ¡Qué fortuna la nuestra!

 

 Published on / Publicado en Tarjeta Roja TV.


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